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La catarsis fue por unas teclas.

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“La catarsis fue por las teclas”

El jueves fue un día mágico. Ludovico Einaudi, compositor que tanto utilizamos en la rítmica, tocaba en directo ante un palacio lleno. Sus manos acariciaban cada tecla, y de cada sonido nacía una historia, 10.000 historias.
Me daba la espalda, quizás para no influir en las escenas que pasaban por mi mente, quizás para que pudiera enfrentarme sin interferencias a mi realidad porque mi historia no estaba hablando del éxito, sino del dolor, el juicio y la indiferencia.

Era la historia que nunca cuento, la que hay en cada una de mis articulaciones.

Quizás una osita vestida con el maillot que resume mi vida deportiva tuvo la culpa de que Ludovico no necesitara ni 90 segundos para hacerme estallar.

Quién me iba a decir que una inocente niña que me escogía para hablar de un referente en clase y se quedaba en blanco, iba a ser la causante de ponerme cara a cara con mi realidad.

Sufro siempre que no me siento aceptada. Quizás el haber sobrevivido al rechazo constante me ha hecho creer que algún día sería suficiente. Y no es así. Juzgar una carrera deportiva por las medallas conseguidas es quedarse en lo más superficial, porque el valor real que hay detrás no brilla como los metales. Resistí en una carrera mientras mi cuerpo cambiaba, también las normas, ¡con lo que cuesta adaptarse a los cambios! Cambios y más cambios, como la mirada del otro hacia a mí y, más aún, la mía propia. Comencé a sentir un juicio constante desde el exterior, sobre todo por parte de esos que no saben qué es lavarte la cara por la mañana apoyando los antebrazos en el lavabo porque no te aguanta el lumbar. Pero lo peor era enfrentarme a mi propio juicio indocumentado pero con mucha fuerza e intentar darme argumentos suficientes para callar mi maldad. En mi interior siempre quedaba un hilo de luz que me hacía creer que era temporal.

Pero no lo es. Llegas a tu esplendor, consigues enseñar la otra realidad del éxito, que tiene que ver más con el crecimiento personal y el conocimiento de uno mismo y vuelven las miradas, el juicio y la crítica.

Sin creerlo, para algunas personas la realidad de mi vida no necesitó ser contada porque la conté en el tapiz. Sin saberlo, vieron más allá de las formas, el ritmo.

Quizás un simple peluche me ha hecho darle valor a aquellos que despertaron su creatividad y reforzaron su valor viéndome sobre el tapiz. Pero por encima de todo me ha hecho ponerme en valor a mí misma.

¿Y ahora?

Quién sabe, quizás el sonido de mi teclado os invité a adentraros en quién sois sin filtros como lo hizo conmigo Ludovico, porque excepcionalmente dar la espalda no significa abandonar, también significa acompañar.