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Un poco de mi

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Almudena Cid

Son ya media docena de años los que han transcurrido desde que besara el tapíz por primera y última vez. Seis años desde que apuré los últimos acordes del Nessum Dorma y con los que tras tres volteretas y veintiún años de carrera deportiva me despedí; ¿para siempre?; de mi rol de gimnasta. Ocurrió en Beijing y recordarme enfundada en el mejor maillot que jamás vestí; mi Ave Fénix; sigue alterando aún el ritmo subterráneo de mis pulsaciones.

“Quiero ser como Oksana Kostina” pronuncié cuando aún no levantaba demasiados centímetros del suelo. Su presencia, sus movimientos, su saber estar, hasta el modo en el que protegía con esparadrapo sus tobillos ejercía un gran poder magnético sobre mí. Me hipnotizaba. Sencillamente le admiraba.

Quizás por ello, decidí crear mi propio referente hasta tener derecho a ser él y entré en esa dinámica del esfuerzo, constancia, sacrificio, compañerismo y respeto. Una auténtica gymkhana emocional que no siempre resultó sencillo sortear y que en demasiadas ocasiones se presentó cuando aún no dominaba mis emociones. Un “Dragón Khan” de algo más de dos décadas que me llevó a elegir la Gran Muralla China como escenario en el que dar vida por última vez al personaje que habitará eternamente en mí, el de gimnasta.

El 23 de agosto del 2008 me quité mi traje de lycra blanca de súper heroína en busca de diferentes tejidos, diseños y referentes, para adaptarlos a nuevos personajes. Una nueva atracción me espera.